Aquí estoy...

Como si fuese un discípulo de Borges, amo con derroche, como dice él, los atardeceres, los arrabales, lo mítico y la desdicha. Me gustaría disfrutar ahora de la sencillez de la Belleza. Pero con sosiego. Aunque mis ojos, en un remedo de Terenci Moix, ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor de mi Barrio, de la gloria mítica, no voy a afligirme, ni con la infelicidad, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.



domingo, 26 de marzo de 2017

IMÁGENES CON LETRA: "Invierno 36" (Final)

“Amor blanco. El amor inocente. El amor de una infancia sincera, sorprendida y amante de la curiosidad, de la imaginación que construía hasta el más inverosímil escenario donde recrear los sueños. El aliento para disfrutar del día nevado, ese calor, único, con el que no se derretía la escarcha, que la moldeaba en arquetipos fantásticos, en aventuras emocionantes. “Sube arriba, a la torre, y apoya tu emoción en su balaustre –encomendó la niña ya en lo alto-. Cierra los ojos. Y al abrirlos verás al niño que buscas, alguien o quien has sido tú en todo momento” …
  
Pasaron, con este, treinta y seis infinitos en unas horas, por un día, por un día en los intermedios de un mes de enero de invierno. Un invierno que no era como todos los inviernos, o un invierno que debería ser como todos los inviernos: blanco, cuajado, atónito; con un manto nevado que solo con verlo crujía de fragilidad, de juegos, de vida, con sus escarchas espolvoreadas por doquiera, en los árboles suspirados de guiñoles navideños, en la piedra, en la noche sobrecogida, en los tejados que ocultaban sus cortezas grises, en un ambiente dickensiano; olía distinto, olía a cloro, a purificación, a niebla, a limpio, entremezclado con el seco humo que escupían tímidas las chimeneas, tufaradas que no ascendían por la helada pero que se confundían con unas consistentes nubes en el cielo. Las puertas no estaban entornadas, los zaguanes oscuros, sugeridos, una excepción que ya llegaba a su fin, en este crepúsculo de palabras y sentimientos que transitaron por una búsqueda de anhelos, en el ocaso de este “Sol de invierno” como escribiera Machado:

“Es mediodía. Un parque.
Invierno. Blancas sendas;
simétricos montículos
y ramas esqueléticas.
Bajo el invernadero,
naranjos en maceta,
y en su tonel, pintado
de verde, la palmera.
Un viejecillo dice,
para su capa vieja:
«¡El sol, esta hermosura
de sol!...» Los niños juegan.
El agua de la fuente
resbala, corre y sueña
lamiendo, casi muda,
la verdinosa piedra.”

Me asomé, aconsejado por la niña, por el balaustre del torreón, y en vez de la Alameda, las calles, BARRIO, hallé mi rostro constelado de nieve. El niño. Y “ante su presencia blanca y fría encontraba la redención, ser perdonado, más cuanto más caía, cuanto más existía mi asombro en las tramas de su efímera permanencia, su abrigo y perdón por esconderme durante tanto tiempo, una eternidad, de la posibilidad del prodigio”. “Soy yo”, dije con dejo conmovido. “Quién si no”, añadió indiferente la pequeña, risueña; solo fachada, inocente, pues en su gesto despreocupado, unas miradas furtivas me descubrían de una manera parecida a la devoción. Volví a mirar fuera, abajo, a mirarme, a asumir la curiosidad de aquel niño que fui yo hace muchísimo tiempo. Entusiasmo, reconstituyente. “… en el corazón de todos los inviernos vive una primavera palpitante y detrás de cada noche viene una aurora sonriente”, recordé esta frase de Khalil Gibran encajada en una estas postales de invierno. Y después me repetía que “En este caso la aurora es de nácar, gélida, pero ardiente de pasiones y solaces de niños que aman ser niños y de mayores que quieren ser niños, aunque sea por unos momentos y para sanar sus almas de la maldición de su tiempo vivido.”

El miedo. Y la histórica nevada. El miedo y la nevada. El miedo blanco. Fue el miedo por la excepción, el miedo de no disfrutar, a no dejarme llevar por la emoción de gozar de la nieve, lo que me impulsó, lo que se excusó, en la búsqueda de un momento de mi vida, en la niñez, cuando mi yo niño, con su espontaneidad, con su ánimo, no hubiese tenido ningún reparo para lanzarse inconsciente al recreo de la nevisca. “Un momento para la vida, precisamente en una estación definida por el tránsito, el intermedio, por la extinción de lo existido, menos el recuerdo, para asentar a lo que queda por vivir”. El desasosiego de no saber vivir en aquel universo blanco. “Una intensa nevada destrozó mis recelos y las vendas de las ficciones, de los anhelos.” Y así surgió la necesidad del reencuentro, del regreso a mi infancia, o de traerla de vuelta; la exigencia de reconocer la sintonía de la niñez, la melodía de mi esencia infantil en la que cualquier temor, el que fuese, solo asumía importante la desaparición del objeto de la ilusión. De esta manera, entendía que única, engañosamente, inventaría mi recreación en las nieves. Solo si el miedo me dejara estar un poco alegre, un poco ilusionado, ya que “Si hoy en día pudiera sentirme contento sin motivo, entonces volvería a ser niño.” Entonces.

“Y entonces convocaste al miedo, al más profundo y poderoso, al ajeno”, dijo la niña que se situó junto a mí, como si buscara un cobijo humano del frío reinante, apenas su barbilla alcanzaba el antepecho del torreón. Un vaho nacarado surgía de su boca como si la piedra sudara y exhalara su épica. “… el mito, tal vez porque este fabuloso panorama níveo convocaba los genios de la leyenda, por su fantasía, magia o simbolismo.” “No era necesario”, convino la pequeña, adivinando mi pensamiento que una vez fue anterior, con sus ojos inmersos en las fluctuaciones del aliento que parecía llevar el compás del agua del pilar, abajo, en la reminiscencia de un océano verde y desamparado. “¿Por qué hacerlo difícil –continuó, negando con la cabeza- si era tan sencillo como dejarse llevar por las ganas?”. No lo sabía, pensé sin decírselo porque tampoco hacía falta, ella entendía: “Yo quería ser una estatua de nieve, un muñeco de amor blanco”. “Y en vez de moldearlo, o materializarlo con nosotras, o transformarte en él, aunque un churro curvado fuese tu boca o unas ramas tus brazos, con una lata de cerveza Cruz+Campo o una media zanahoria de roma nariz, con bufanda o gorro, con guantes o desnudo, quisiste buscar a cuanto ya tenías contigo, allí, ahí, siempre, con miedo, y con este convocaste la negrura…” Siguió la niña y yo corroborando al  “ennegrecido individuo o un demonio, como una criatura espantosa preñada por la noche, con su único objetivo, maldición, de truncar mis deseos, mis ensueños de infancia. La condena de las rutinas.” “¡Es real!” –exclamé, molesto- “¡Claro que es real, y así lo será!” –respondió, sulfurada-.

Me volví un poco para apoyar mi espalda en el duro pretil de la torre, demorando mi mirada en la angosta calle Espíritu Santo para descansar la preocupación antes de afrontar las ruinas de enfrente, el imponente cubo de la iglesia me armaba de valor, de protección. Entretanto barría la desolación de las casas con mi mirada, me convencía de que era el modo acertado para disfrutar del día enharinado, de “un nevar que, a pesar de su frío físico, incitaba a desnudarse, a despojarse de prejuicios, de bloqueos, de vergüenzas y miedos; para renacer en el niño que una vez fuimos y al que, tras el inconsciente descorrer de los velos de nuestras nostalgias, reclamaba con tenerlo en cuenta, ser en él y separado de los convencionalismos de la edad y de la sociedad.” No vi al hombre de negro, delator y perjuro, pero sentí que estaba ahí, tras esa viga quemada y caída, o apoyado en el alféizar de esa ventana invisible por unos sorprendentes cristales íntegros también de opacidad, o tras una de las paredes desmoronadas que sangraban su tierra y el agua de su cal, los llantos de humedad, o acechaba desde los despojos del tejado, en una cámara, o detrás de una puerta apolillada y muerta… como el silencio que recorría sus páramos de muerte, de olvido, en los que no llegaba ni la nieve para embellecer su desesperación. No. Afortunadamente llegó el amparo en forma de palabras de una amiga, en un extraño sesgo de poetizar en un día lluvioso, gris y melancólico: “La Poesía es una música que se hace con silencio...” Dejé mi interés por el hombre de negro, ya que a lo mejor se nutría de esto, de mi atención, “porque solo el miedo, la resistencia del fracaso, podía hacer imposible mi sueño de un amor blanco”, para regresar a la poesía alba de este día de invierno, al niño que había visto nada más asomarme al vacío de la Muralla. Yo.

El niño y la nieve. “La nieve en la que solo ella veía el secreto de los sueños imposibles, el indecible nombre, el símbolo de las búsquedas circulares, todo lo que una vez fue volvería de esta manera a serlo, sin derretirse en vacuidades y hábitos, el silencio de la geometría de los cristales de la escarcha.”. Silencio. En esos momentos oía el silencio. El silencio como una partitura en blanco en la que existí, momento a momento, imagen a imagen, relato tras relato, escribiendo las notas musicales de una añorada melodía para entonarla una eternidad después, en esta nevisca sensacional e imprevista. La búsqueda de sus tres acordes por donde solo podía encontrarlos, en este escenario que recogía toda mi existencia, en mi Barrio. Y la niña, despreocupada, quizás impaciente, mataba el tiempo que volvía a interponer entre nosotros afinando esa canción que una vez fue mía y conseguí recuperar para acoplarla al prodigio, al entorno y en su singularidad invernal. “Tal vez de esto se trataba, de oír, de oír la música, la antigua música interpretada con notas de querer, de poder, de contentos, de no haber un mañana para un continuo presente que giraba y giraba sin pausas, con prisas, por los surcos de un vinilo de canciones optimistas, soñadoras, vivificantes.” Y en ello me empeñé.

“¿Tanto empeño para qué?”, cortó mi pensamiento la niña, más nerviosa, más incontinente, como si su exasperación se derramara por una evidencia que todo en el universo contemplaba menos yo. Y porque yo no simplificaba, daba vueltas y más vueltas a la cuestión, al riguroso discurrir de este camino iniciático de invierno, en la idea o como si cualquier complicación exigiese de una respuesta complicada. “El compás de una racha de invierno, como los murmullos del agua inquieta, recorriendo las calles del arrabal, de mi Barrio, con la sintonía de quien ayer fui y ahora anhelaba el reencuentro.” … “¡Para qué!”, insistía la niña, más insolente, más tensa. Y reiteraba mi amiga anterior del silencio poético o de los encefalogramas planos por una timidez precavida; no sabía, o no quería entender, y me perdía o ella se perdía en mí o conmigo y ambos nos perdíamos en raigambres invulnerables a base de cicatrices y desconsuelos, suturas y desahogos: “Simplifica, simplifica… despójate de lo accesorio, de lo innecesario, quédate con lo esencial, con lo imprescindible... con el tiempo te darás cuenta que nada es tan importante... y que todas esas cosas que guardas, físicas y sentimentales, solo te impiden avanzar libremente. No puedes ir cargado de prejuicios y tontadas… de ataduras…” “¿Cómo?” “Ahora estás aquí, ¿no?, pues empieza olvidando lo pasado, porque te roba energía y te impide dedicarte al momento presente y disfrutarlo con y cómo lo que quieres, no con lo que te ata…” Tenía que pensarlo, decidida y minuciosamente. “Es más fácil”, concluyó la niña para prorrumpir en una risotada premeditada, aleccionadora, indiscutible… Pero yo continué agarrado a la cola de una música de mi niñez cuando ni siquiera alzaba un poco la cabeza para ver quién tiraba o quien reía.

“… las risotadas de la niña, la niña, ante la seguridad, hecha poco a poco, de que, en su calor, como los crepúsculos que incendiaban la imposibilidad de la nieve, encontraría el perdido sentido en mi corazón para los jóvenes latidos de un amor blanco.” Encontré a las niñas jugando, de acuerdo, al socaire de un patrimonio histórico, hierático, riendo, como un vendaval fresco que traía un nuevo tiempo a los quietismos ecos de la heroica de El Castillo. Sí, “buscaba un acorde… no el sonido idéntico al que mi ambición sorprendió, adscrito a una música de mi infancia, en la risa de la niña que jugaba en el jardín de la Cuesta de Las Imágenes.” Me gustaba ver a las niñas jugar, me encantaba oír sus sonrisas, me complacía la visión porque era eso lo que yo quería, lo que yo quiero, para disfrutar de la nevada, ser como ellas, niña, niño, libre de prejuicios y ligaduras, libre de un pasado y de las ataduras de un futuro inmediato. “¡Si ya lo estabas haciendo!” “¡Ya eras niño!” “¡Ya eras nosotras!”, molesta exclamó la pequeña, ansiosa por la certeza que yo no veía o a lo mejor me empeñaba en verla desde otras perspectivas, todas innecesarias, forzadas e intrincadas, y puesto que su valor, su mensaje, su emoción, el fiel reflejo en el espejo de lo acertado, de lo verdadero, únicamente podían contemplarse por delante, de manera franca, dispuesta, sincera.

“¡Ya eras nosotras!”, retumbaba el chillido de la niña en mi cabeza, propagado en una resonancia metálica por mis adentros, en dirección al fin de todo o al principio del conocimiento, de la solución, como aquellas pisadas en la nieve que vi cuando quise retornar mi mirada hacia la ruina de las casas y, a medio camino, me arrepentí, por no despertar al hombre de negro, para que no vigilara mi camino torcido, su oscuro reconvenir en mi vuelta a la cotidianidad concertada; y así observé, me abstraje, primero con las de la pequeña, acercadas, a continuación con las mías, distanciadas, las huellas en el corredor superior de La Muralla, los pasos que nos habían conducido al torreón y a esta destemplanza que mía yacía y por no asumir la revelación de la pequeña, o la simple circunstancia de la realidad. El grito necesario, elocuente, de la niña que se fue trenzando para desaparecer entre esas marcas en la nieve, las que resonaban por un poema de Antonio Gamoneda, del que no sabía su memoria presente, quizás por orgullo, por legitimar un camino que cada vez hacía más aguas, más escarchas, con su crepitar, con su crujido musical e insinuante:

“La nieve cruje como pan caliente                         
y la luz es limpia como la mirada de algunos seres
humanos,
y yo pienso en el pan y en las miradas                   
mientras camino sobre la nieve.                           
Hoy es domingo y me parece                               
que la mañana no está únicamente sobre la tierra         
sino que ha entrado suavemente en mi vida.               
Yo veo el río como acero oscuro                           
bajar entre la nieve.                                     
Veo el espino: llamear el rojo,                           
agrio fruto de enero.                                      
Y el robledal, sobre tierra quemada,                     
resistir en silencio.                                     
Hoy, domingo, la tierra es semejante                     
a la belleza y la necesidad                               
de lo que yo más amo.”
      
Las calles de mi Barrio… Mi Barrio… “la tierra semejante a la belleza y la necesidad de lo que yo más amo”. Quizás por el propio deseo, por la propia codicia de recuperar la melodía de mi niñez, volqué mi anhelo en el Barrio, en sus calles de mis entrañas. Sí, niña, ahora sé que fue un rodeo que me podía haber ahorrado, ahora sé… bueno, todavía no lo percibo, que aquella nostalgia vertida en el Barrio tenía que ver con cierta idiosincrasia, con una afinidad indeleble e indudable, con esos momentos pasados en los que fui feliz, con esas imágenes, con sus gentes, con sonidos vibrantes y olores permanentes, con vivencias entrañables, perdurables, con tratos inolvidables, con amores sentidos y encuadrados a unos límites que siempre permanecerán mientras tenga vida y oportunidad para recrearlos. Insistí en el Barrio para justificar mi deseo presente, en este día de invierno y de insólitas nieves, de disfrutar como hubiera disfrutado, como disfrutaban las niñas en el jardín de Las Imágenes, ese niño que entonces existió y que asumió sus raíces, sus querencias indelebles por la tierra, por su expresión, por su esencia, por ser y formar parte de este universo particular y hermoso.Las calles. Deseaba insistir, solo por unos instantes, en el azogue nostálgico de las callejuelas, de sus vivencias, de las memorias ilusionantes en ellas contenidas y afianzadas en el acopio mítico del Barrio, en la tradición esculpida por la honestidad de sus vecinos, de sus gentes. ¿Soñar?, no, vivir del recuerdo.”

No podía vivir en el recuerdo, ya lo sé, sino vivir el momento presente con los mimbres y disposiciones que me mostraban las circunstancias y los propios y últimos tiempos. No podía vivir en el recuerdo de una felicidad de anteayer y como si a esta, la felicidad, lograra replantearla en la actualidad, en la nieve, como si se tratara de trasplantar una mata de un lugar a otro, obviando que el trasplante hay que hacerlo en la estación y en el plazo adecuado, no en otro, y que la felicidad, como la tristeza, cambia con la edad, con la identidad y con el contexto. No podía, y aun así presuponía de factible, que la antigua felicidad infantil contentaría a mi yo de hoy y adulto, a un ser maduro que no lo parecía mucho al establecer estas conexiones o estas arbitrariedades por regocijarse en la insólita nevada. Y de ahí mi errar, placentero por supuesto, de una tierna nostalgia pletórica de evocaciones afectuosas que armaban la estructura de una época venturosa de la que presuponía funcionaría o era la conveniente para esta nueva y exigida oportunidad actual para el contento. De ahí mi consciente vagabundear por las calles, por las arterias de mi cuerpo, por los recuerdos. La presunción, por otro lado, conllevaba en su fragilidad, en su señuelo, la amenaza de lo inseguro, el anatema por cuanto pudiera desviarse a la norma general y aceptada por todos, la duda. La duda en antesala del miedo, por lo incorrecto, por el qué dirán, por el no encajar, por la ruptura, arañazo o grieta qué más daba, con todo lo que era igual que ayer y que mañana, invariablemente, las rutinas y lo consentido. Y el miedo no es nada si no se crea, no es nada si no se le llama, no es nada si no se le dota de una energía que nos la arrancamos a desgarrones, aunque sea por una huera excusa. Y con el miedo, su amenaza. Por esto concebí y apareció el miedo, la amenaza, un hombre de negro del que, sin identificar su rostro, solo su risa cortante, vigilaba, alerta, maligno, para a la menor ocasión, a la mayor inseguridad, devolverme al infierno monótono y gris de la costumbre, al incoloro diario, conformista y ocioso.

“Había dejado mucho tras de mí, había destruido muchos puentes, incluso aquel de calle Benarrabá, y no podía permitirme seguir con esta actitud rutinaria de no importarme nada. Tenía que cruzar un nuevo puente, o ese al que nunca quise atravesar y quedarme en la sombra de su ojo.” Aunque el redescubrimiento de las calles, de las venas por la que circula la sangre del arrabal, por el traqueteo de una genuina música de tres acordes, tenía otro objetivo, de acuerdo que si no distinto a la identificación de un niño del pasado, próximo a la revelación especular, definitiva de esta aventura iniciática y de todas las que con mayor o menor acierto entablaba aquí, en mi tierra, en mi casa, en el pasaje geográfico que guardaba mi existencia pretérita, ahora, y espero que futura. Con todo, escribía, este peregrinar me concedió la gracia de superar mis miedos, de afrontarlos, de insuflarme una confianza, una superación, de las que hasta entonces no habían sido más que unos abstractos sustentos tan fugaces como su presencia al despuntar el alba y recomponerme de los espejismos del duermevela. “No iba a permitir, a permitirme otro fracaso, otra flaqueza, otra duda cobarde a la hora de tomar el tren de los sueños a su paso por esta estación trascendente, invierno, y de nieves… No iba a renunciar a mi destino sin haberlo moldeado, o al menos intentarlo: primero descubriendo el nombre, enunciándolo, del miedo, del espanto, y luego conjugarlo en el sentido de la vida, o de mi existencia en la facultad de vivirla y no seguir los pasos de otros por ella. Vivir viviendo.” Seguro de vencer, o de esquivar la maldición del hombre de negro. De hecho, sabía que, “al atraparlo, me quedaría solo un poco de niebla entre las manos.”

Y cuando lo buscaba, al hombre inicuo, penetré en la noche creyendo que allí estaba su morada; y sin embargo me encontré conmigo mismo, en un encuentro esencial con el Barrio, en el crisol donde la luz emergía de las sombras, la luz del día, de la vida, de ese vivir viendo, no subsistiendo. La luz. La confianza para dejar de dar vueltas y confrontar ya mi rol en esta iniciación invernal, en su símbolo fundamental de muerte y renacimiento…  

“Barrio. La nevada, fantástica y excepcional, acentuaba el escaparate de la noche en el que, tras sus cristales épicos y humildes, el derrame de su fantasía blanca, apercibía la esencia del arrabal, el alma de este lugar único. No se podía amar, sentir este Barrio, si no se recorrían sus calles por la noche; con calma, como la quietud de su ambiente, el habla de sus vecinos, la hospitalidad y generosidad del deseo contrariamente a la apatía indolente del trato; callado, como el silencio que impregnaba su huella legendaria y el diario con una emoción delicuescente, sincera, a pesar de la excesiva algarabía del fenómeno de restauración anclado con objetividad y pláceme; con sus juegos de luces y contraluces, de sombras y penumbras, de misterios que por sorpresa, y agrado, manaban del eco de las pisadas por sus suelos de guijarros, por el tacto gélido de sus hierros, del rutilar inesperado en la madera de sus contraventanas, del bisbiseo de secretos en el agua del grifo del pilar, en los zaguanes francos o entorpecidos de sombras según retórica borgiana, de la deslumbradora cal en las antiguas fachadas de coquetas casas, en competencia con la nieve y en connivencia de la esperanza, también de nácar, que exclamaba cómo allí, en el Barrio, se vivía. Vivía la vida.” “Y a estas alturas, precisamente, -sarcástica intervino la pequeña, en una mueca que acopiaba el tiempo transcurrido desde… y la altitud en la que nos encontrábamos- todavía no has logrado definir el testimonio de este camino existencial, emocional, la confirmación de lo que ves, el Barrio, contigo, no con el niño que crees ver y que no está, nunca ha estado, sino de éste conmigo, y con Inés que espera en la calle San Francisco, la nuestra.” No me acuerdo si negué con la cabeza, si desvié mi mirada de las ruinas, a la iglesia del Espíritu Santo, a las huellas en la nieve, o regresé a la Alameda helada de esperanzas. No sé. No me acuerdo. Solo pensaba, me entregaba a puentes, a metáforas, en símbolos de lo aprendido y de lo que aún me demoraba en comprender, complicándome, rebuscándome, alambicando mi prosa y mis emociones. Otro puente. O el primero. “Y el único puente que tenía que construir, o atravesar, o sonreír, a otro o a aquel que veía desde la Alameda de San Francisco, era al del entendimiento, de afinar mis oídos y cantar mi música vital, una vez reunidos los tres acordes. No podía dejar que el agua, el susurro de su pauta, siguiera corriendo sin que jamás volviera atrás.” Y la niña reincidió en su carcajada, expectante, esperadora.

“Un puente de amor, de amor blanco, como las risas de las niñas jugando en la nieve.” Pronto, confiado de someter las embestidas del hombre de negro, de aliviar su maledicencia, de conjurar su cobardía, de no sentir miedo, más tranquilo, supongo, acaso templado, agotada la esencia rescatada del rodar por las calles de San Francisco, llegué a ese momento de parada, de pausa, de mirar a un lado, a otro, para asumir la catarsis inexcusable que me conduciría no al pasado, ni al futuro, ni a cualquier temporalidad, dimensional o inconcreta, sino a otra dimensión del ser, de mí mismo. La nieve era el pretexto, vale, pero también la exigencia para trascender. Trascender a través de un sueño. Quizás.

“Sólo aquel que sueña siendo hombre
encontrará al niño que soñaba.
Soñando creas nuevos horizontes
como hiciste ayer cuando jugabas”

Estos versos de una amiga especial, alguien capaz de desentrañar las emociones del mundo, los matices de la belleza, y con la notable capacidad de agarrar la complejidad del mismo y atarla a la armonía de unas estrofas, de la musicalidad hecha pureza en unas rimas conmovedoras, me alentó a persistir en una búsqueda que ahora sé solo fue un rodeo, una extensa divagación para alcanzar cuanto ya sucedió al principio y no dejé de tenerlo a la vista en ningún momento. Con todo apuré el vagabundeo por las calles, por unas memorias dichosas, pero que ya pasaron y jamás se repetirían. En su reiteración invocada, sin embargo, continuaba por recuperar al niño, a mí mismo, escudriñando las calles, los tiempos, el aire, los olores de un mundo aletargado, el silencio de unos raíles abandonados… El niño, o la forma de recobrarlo para hacerme más grato el presente, para vivir con su espontaneidad y sin cargas lo extraordinario de la avalancha lechosa. “Y allí, en el preámbulo de Miraflores, con respecto a unas hendeduras como railes de trenes en la nevada, comprendí, y ahora tenía que asumir, cómo para superar las particularidades de lo acostumbrado, de la anodina monotonía, tenía que hacerse, hacerlo, en el refugio cálido de mi interior. En aquel lugar continuaba el camino, la mirada especular en las calles del Barrio, acompasado a los latidos de mi corazón, de mi corazón de niño. El niño que jamás huía y, como las risas de las chicas en sus recreos en la nieve, emplazaban distancias a las exigencias de un destino enmascarado de hombre tenebroso y adverso.” En mi corazón. Adentro.

Si el recorrido por las calles del Barrio tuvo algún sentido, este solo lo tuvo en mi entraña, dentro, en el alma afín al terruño, en mis raíces arraigadas a su naturaleza. Tal vez conjeturó el resorte necesario para abrir un vericueto cerrado, y olvidado, de mi corazón, en mis querencias indelebles, para una vez descubierto, y abierto, y encontrármelo vacío de emoción, llenarlo con todo lo aprendido, con todo lo experimentado, refundido en una gran bola de nieve de amor blanco. En mi corazón. Adentro. ¿Cómo? Para dejar paso a lo nuevo, a lo inmediato, hay que dejar sitio, despojarse de lo viejo, de lo innecesario (He aquí, y yo escondiéndome, la piedra filosofal de la “simplificación” vital, de vivir con lo adecuado, sin accesorios). Es decir, una alegoría del rito universal de muerte y resurrección, un sentido intrínsecamente impregnado en este Barrio San Francisco, aunque muchos hallamos olvidado su concepto, denigrado su valioso mensaje por invasiones materiales e incrementos de egos obsesivos y aprovechados. La muerte del adulto para que renazca el niño feliz, el único que penetraría en cómo disfrutar de la nieve. Un nuevo rodeo, por supuesto, ¡Lo siento, niña!, pero este fue fundamental para recuperar la armonía, el equilibrio.

“… las remembranzas, para encontrar, en esta nevada y en las ocasiones esporádicas donde los vacíos de adentro duelen como el frío de esta nieve y humedecen los ojos con la visión de las muchas derrotas con las que en todo momento, salvo en estos, nos dejamos engañar, las disfrazamos de conquistas, y porque de esta manera no desentonábamos con el discurrir uniforme de la sociedad, de lo correcto; útiles memorias para materializar la quimera de un poema, el del principio, y con el que una vez más, en absoluto definitiva, ser el niño que allí fui, quien se hizo identidad y ahora una necesidad. ¿Inquieto?, mucho. La urgencia de encontrarme de nuevo, ayudarme en mi lucha contra las catervas de la soledad, de todas mis prórrogas por no descubrir mi papel, mi sentido en el universo. ¿Pusilánime?, bastante. Y todo, poco o grande resultaba accesorio, por disfrutar de la nevada sin mínimos ni ofuscaciones. La posibilidad de sembrar fuego en la nieve.” El fuego del deseo, del valor por dejar de ser manso, aplicado, ejemplo de la norma general e impoluta de los hábitos en sociedad, e ir más adelante, allá donde solo yo sentía y quería y de cuanto me faltaba la intención de empezar y concretarlo. Era el momento.

“Tuve miedo… –confesó la pequeña con un pliegue alicaído en sus sonrosados labios, los ojos velados por un pavor que enturbiaba los destellos húmedos de inocencia y aguardo- miedo cuando te encontraste con la muerte”. “Solo fue un naipe de Tarot tendido en un augurio consolador de la nevada”, respondí en el intento de aliviar el temor en la niña. Normal. “No entiendo, no puedo”. Normal, claro. Insistí. Reconocí. Y pensé de un modo para que ella no llegara, no oyera con su sexto sentido y acostumbrado en esta fantasía invernal. “Eres un comienzo, un origen, el amanecer de un universo, aún no has sentido la contrariedad, los estragos del olvido, de las pérdidas, la amargura de que siempre habrá sueños que no tengan ninguna posibilidad de cumplirse, de polvillos mágicos que se los llevará el viento, contaminados por otros residuos livianos y fútiles, aunque de la misma pasta que los ensueños, eres pura, todavía está en tu voluntad moldear tu vida según una quimera, no rendirte en la obligación de lo rutinario…” “No tuviste porqué dar ese otro rodeo, -rutilaba en la niña el rescoldo de un espanto fuliginoso- más estando ahí ese hombre de negro al que tampoco comprendo”. Sonreí. El moño de lana de franja malva se movía no por acción de una brisa traviesa, sino de temblor en la pequeña. Entre sus guantes, en un método inconsciente para que el susto no la sometiera, daba vueltas a un trozo de nieve, sin que modelara la esfera, la pelota, el símbolo de su niñez. Los ojos tendidos en el frenesí de sus nervios en el aljófar helado. Entonces no pensé, sino que enuncié en una delicada inflexión de comprensión, de ánimo, de quitar importancia a cuanto la tenía toda: “No era el fin. Al contrario, era el anuncio de un nuevo comienzo. Era la expresión de este invierno, la de todos los inviernos con sus sinos de muerte para que renaciera una nueva vida en primavera. Además, allí, en el jardín de la muralla, era una parca de hielo; era un destino contento, dinámico, vivaracho, partícipe del juego de las mujeres con la nieve…  La Muerte que vivía, la Muerte que enunciaba la Vida.” “¿Tuvo que ver con nuestro posterior encuentro?”, preguntó la niña con su carita pintada con los propios fuegos, bendita contradicción, del frío invernal. Crudo. Riguroso. “Necesario”, lacónico. “No tuviste que dar ese rodeo… ningún rodeo. Nosotras estábamos aquí. Siempre”. No respondí.

“… la muerte personificada en el invierno, nuestro invierno ineludible, la última estación, el fin del viaje,… sino la posibilidad del renacimiento, de renovarse a voluntad, del poder de hacer de cada instante, de cada momento, una oportunidad, una alegría de vivir, de disfrutar la vida, de sentirla y entenderla; y de luchar por ello, del triunfo tras un recorrido singular una vez llegados al apeadero, el decisivo, al final de este estar aquí y, posiblemente, en la inminencia de la disolución definitiva en el Universo.” La visión de la muerte en el jardín de la muralla supuso ese resorte imprescindible para asumir el último paso, entonces todavía creía que para encontrar el niño que fui y no un nuevo sentir, el nuevo paradigma para complacerme en la belleza, en una prodigiosa nevada o en los apuntes extraordinarios que ofrece la vida, más en los detalles, sencillos, en los universos escondidos tras enormes pequeñeces. El último paso, frente a una de las puertas de la muralla, precisamente la más pequeña, la más despreocupada, la más descuidada, la más sencilla. Y por supuesto de tu mano, niña… Y la pregunta, la pregunta que lo removía y accedía a todo, aunque fuese un todo no del todo, valga la redundancia, preciso, auténtico, si bien el que de la misma manera conduciría a un único colofón y significado:

“¿Soy feliz? ¿Fui feliz de niño? Por supuesto, era la respuesta inmediata a la segunda interrogación; infelizmente bien, a la primera, o… Sea como fuere, acababa de dar el primer paso para serlo, ser feliz en este universo blanco y extraordinario. Antes, ciertamente, tenía que traspasar la puerta, morir en el hueco, en la cavidad ancestral y materna, para renacer en el niño que disfrutaría de estos mágicos momentos. El símbolo de este excepcional invierno, su taumaturgia inapelable…” Y conseguí atravesarla, la puerta, tomar la decisión, cogida de tu mano, niña, de descubrir al niño, a mí mismo en un tiempo perdido o encerrado en recuerdos, para disfrutar del día, de la nevada… “Y sin embargo, ese niño antes te cogió de la mano, te ayudo a traspasar la puerta, te reconvino por cierta pedagogía, cierta educación de la que tú mismo te empeñaste en inculcar como uno de los valores fundamentales para marchar por la vida, en convivencia… incluso a mostrar respeto por el adverso, por el enemigo, por el hombre de negro… Ese niño…” “¿Tú?” “Sí, yo, y quien espera con un enorme copo de nieve para estrellártelo en tu complicada cabezota” “Inés” “Sí, y yo también, ¿no?” “Tú eres la niña…” “No, no soy la niña, soy Ángela…”

Miré a la niña sin mirar, porque hay miradas que tienen que efectuarse sin los ojos, con el corazón, para definirlas, autenticarlas, contraerlas. Y al efectuarlo, puesto que las sensibilidades serán por siempre frágiles, penetró impetuoso el miedo, el que por siempre será osado, fácil, impasible a cuanto no fuera su poder y simulación; el de los encontronazos, el de los codazos, el prepotente, el de imponerse primero a la esperanza, la confianza, la ilusión… las bondades de la sencillez sin aristas ni subterfugios. El hombre de negro. Porque el hombre de negro, cuando yo atravesé la puerta de una vida a otra, o de un entendimiento a otro, invisible, desapercibido, también traspasó el arco tras de mí, para ocultarse, para seguir vigilándome, para esperar la coyuntura de asaltarme y llevarme al mundo plano, gris, y uniforme de lo rutinario, de lo convenido sin alardes individuales y singulares. Y ahora lo observé salir, salir de las ruinas, de los escombros, del lugar dónde se había ocultado, detrás de una desportillada puerta de madera que cerraba un cercado interior, un patio abierto de una casa devastada y sobre el que se desmoronaba la integridad de lo que fue vivienda o un núcleo de existencia familiar volada. No me vio, o no quiso dirigirme su atención, su amenaza, su aguardado propósito, nada, solo una risotada cruel, una carcajada estridente y afilada que hendía la nieve como un cuchillo ardiente la mantequilla. Al torcer a su derecha, a mi izquierda desde lo alto, la plaza Pons Sorolla, efervescente algarabía en un bar, en el otro no, cerrado, tomó la Puerta de Almocábar, la puerta “hacia el cementerio”, de regreso a la muerte, a los nichos míticos y soterrados, a los muertos sin descanso eterno por algún interés hostelero y por cierta vigilancia arqueóloga y burlada. De regreso al invierno, a un permanente invierno. Asomé mi curiosidad por el antepecho de la torre y lo vi atravesar la calle, entrar en la alameda, y sospeché que sentarse en un banco, en la piedra con un cojín helado y unos hierros febriles de frío y espera. Ahora estaba tranquilo de la asechanza del hombre de negro, luego no, ni después, invariablemente amenazado por su impronta malévola de arrojarme su infierno cotidiano.

“Volverá”, conjeturó la cría. “Lo sé”, confirmé. “¿No te importa?” “En dominarlo, o tal vez en avenirme con él se fundamentará ahora mi vida, niña”. Ella se encogió de hombros, pero no escabulló la mueca indignada, y a la que puso voz: “¿Todavía sigues llamándome con ese sustantivo neutro, niña?” “Con cariño” “Por qué no ya Ángela, tu hija”. No sé si fue su mirada, penetrante, cariñosa, adolorida, o aquel “hija” que aceleró el ritmo de mi corazón, como aquellas ansiedades previas a un acontecimiento considerado especial. Esta sensación desasosegante, previa a la revelación, a un testimonio definitivo, tuvo su precedente en una postal de invierno muy anterior, o en una de las magníficas apostillas de mi amiga poeta a ese relato y de la que solo consideré por su exposición amable, no demostrativa: “Tú Francisco lo tienes más fácil, estás acompañado por la niñez y la adolescencia de tus hijas, dejarte llevar por ellas, ser acción con ellas en muchos momentos, puede ser la forma más gratificante de ser otra vez aquel que recuerdas” “Ya te avisé –recalcó la niña, mi hija Ángela- que tus rodeos por calles y ayeres, salvo su testimonio nostálgico, evocador e instructivo, con su capacidad de recargarte con la energía suficiente para acometer la apatía institucionalizada del presente, eran innecesarios al tenernos a nosotras, desde el mismo principio, a Inés y a mí, desde el mismo momento que salimos a la calle y nos asombramos y apresurados nos entregamos al disfrute de este sorprendente mundo nevado” “¿Y el niño que fui, al que hace poco vislumbré desde ahí?”, acerté a preguntar, excusado en una demora que tenía sus instantes contados. “Nunca estuvo, ya te lo dije” “¡Yo lo vi!”, insistí, cada vez más contrariado, y cada vez más lúcido. “Te viste a ti mismo –atajó con decisión Ángela- o, mejor dicho, presentiste tu unión con el todo, con tu Barrio, en una reunión atemporal con tu vida, con la realidad atemporal en la que discurre tu identidad, tu substancia, y la de este legendario y honesto escenario” Apoyé ambos brazos en el pretil del torreón, apreté con fuerza, con dolor, las piedras con sus agudos relieves en las palmas de mis manos, congeladas de frío y de una épica a la que nunca alcanzaría hasta ese santiamén en el que ya no fuese singularidad para formar parte de una eternidad que allá, en el Barrio, tenía uno de sus más bellos y sublimes términos. “Vamos, asómate”, remachó mi hija” Y volqué mi expectación adelante.

Me observé a mí mismo, a quien soy ahora, adulto y niño, pero me vi en el espejo de “la Alameda, de San Francisco, de la que jamás tendré, ni me impondrá, límites para amarla con versos, para con mi difícil prosa abrazarla con ternura, con sencillez y respeto”. Yo era Barrio. Y había vertido mis ensueños, mis querencias, mi sangre, en unas postales de invierno que recreaban el universo insólito, inesperado y extraordinario de una nevada de la que no se tenía memoria y con mucha de esta para llenar de melancolías el porvenir. “Relatos en los intermedios de unas estaciones que solo existirían en los sueños, en los ensueños de este viajante solitario, en los fugaces apeaderos de un tren que comenzó a recorrer con espíritu borgiano unas calles que eran mi entraña, enternecidas de penumbra y ocaso, en el trayecto hacia la última calle que fue la primera, esta, la que contradiciendo al Maestro era entonces ávida, cómoda de turba y ajetreo por la caprichosa nevada, la calle que dejó de ser desganada por la honda visión de su aventura mágica” Yo era Barrio. Yo un…

“Trovador de la magia del pasado
que nunca en este Barrio se ha extinguido
palabras que pones sobre el blanco
de páginas negadas al olvido.”

Yo el trovador de un Barrio olvidado, según mi amiga poeta, clarividente en la sencillez de sus versos de la armonía de un mundo resonante y dotado de hermosura. Suspiré con tal hondura como mi visión que barría con fervor el panorama nevado. “Pero ahora ya la nieve sustenta mi memoria. Y el silencio se espesa tras los bosques doloridos y profundos del invierno. Por eso puedo navegar sin velas. Por eso puedo remar sin remos. Por eso puedo despedirme de mi amor sin llorar”. Sonreí con Julio Llamazares, sonreí porque me sentía dichoso, completo, contento. Sonreí para que luego desaguara mi gracia en una carcajada como la de mi hija, Ángela, que también me acompañaba; como las inocentes risotadas en un vergel de calle Imágenes, puras, entre juegos y algazaras. Las risas de unas niñas, mías, con las que, como la bola de nieve con la que mi hija Inés me aguardaba en nuestra calle, San Francisco de Asís, para estampármela en mi tortuosa cabeza, moldear mi muñeco de nieve con amor blanco. Mis hijas, las que siempre estuvieron ahí, con las que, a poco de asomarme en la profundidad de sus ojos constelados de húmedos destellos de ilusión, de curiosidad y confianza, podía ver al niño que una vez fui y con el que, en ellas, durante este camino iniciático por la nevisca, me regocijé del testimonio recogido en este álbum de postales de invierno, de sorprendentes escenas en su anverso y palabras vertidas de muy adentro en su reverso. Disfruté mucho, sí, y lo haré con su recuerdo.

No olvidaremos este invierno, en absoluto. Solo nos basta con ver e invocar el paisaje nevado, las ansias, como las páginas en blanco de nuestra existencia en las que poder escribir la aventura de vivir. Y ahora solo puedo escribir que se terminó, fin, gracias por la espera, invierno, por el aguardo hasta solucionar, o remendar, mis problemas informáticos, mis apresuramientos, no tanto por mis adjetivos. Gracias. Y venga, sea ya primavera.

INVIERNO 36 (FIN). Barrio San Francisco. Ronda.

(Gracias, sin duda, a Francisca Ben-Mizzián Palma, amiga y poeta y perspicaz, a su hermana Mary Carmen Ben-Mizzián Palma por su metáfora laberíntica, a mi “pepito grillo” especial y afectuoso Mary Pepa Torrejón Badillo, maestra de la simplificación, de la poesía hecha de silencios, de un tierno misterio, a la sonrisa eterna, aliento y sensibilidad de Isa Ortega Gamarro, a otra sonrisa eterna y por su simpatía de María González Aguilar, a pesar de su madridismo irreductible, a mi primo Francisco Ruiz Calvente, gracias por Bunbury, Nietzsche y tu ánimo, Agustina Ronco Román por tu empeño y atención, Eva María Gil Jiménez por su admiración a mis fotos, a Cloti Briones, a Rocío Villodres por sus emoticones alegres, Juan Porras, mi tía Paula, Estela Ro, María José Orozco Moreno, Reme Boca… y a todos y a todas que, público o en privado, con mayor agrado o imprecación, agradezco vuestra atención, aliento, menoscabo… Sois responsables de esta saga de Invierno. Gracias por soportarme.)


© F.J. Calvente.



martes, 21 de marzo de 2017

IMÁGENES CON LETRA: "Invierno 35"

“Abrí los ojos. Recordé el mensaje. Siempre. Solo me quedaba confiar, efectuarlo. “Siempre hay un momento en la infancia cuando la puerta se abre y deja entrar al futuro”. Incluso Graham Greene me daba ánimos. La mano de la niña pequeña, en el calor de la mía. “Vamos”. De nuevo en la muralla. Había atravesado la puerta, o esa metáfora de muerte y resurrección, de morir en mi yo adulto para renacer en el niño que una vez fui para, a pesar del hombre negro y maledicente, a pesar del peso de las rutinas, disfrutar al máximo de este día exclusivo de invierno, de nieves desacostumbradas y anhelos persistentes. Mi ánimo en este 19 de Enero, era incluso mayor al día de ayer, 20 de Marzo, cuando escribía este penúltimo relato a pocas horas del comienzo oficial de la primavera, hasta que mi ordenador decidió morir, o desfallecer con melodrama, para resucitar hoy, menos mal, porque podía haberlo hecho en verano y ya fuera de cualquier plazo. Entonces, decía, existía en el ambiente, gélido, níveo, un espíritu primaveral, de un “Invierno tardío”, como este poema de Antonio Colinas:

Este invierno mi ánimo
es como una primavera temprana,
es como un almendro florido
bajo la nieve.
Hay demasiado frío
esta tarde en el mundo.

Calidez, extraño, como mi mano acogiendo la de la niña al atravesar la puerta del presente hacia el ayer. La puerta, el vano eterno, el de la tiniebla palpitante. Una escalera pronunciada, umbría, de pétreos escalones invadidos por un musgo negro, seco, como los usos que terminan obscureciendo la visión de la realidad, de la fantasía, para afianzar la comodidad por lo superfluo, en lo consuetudinario, en lo entregado a cambio de resignación. Arriba, tras el hueco franco como un ojo que se abría tras milenios de letargo, un espejismo inevitable en la uniformidad del tiempo, se alzaba la geometría imponente de la iglesia del Espíritu Santo, con su escarcha matizada por una miel de primavera, de unos bronces luminosos de otoño. “Invierno 9”. La niña pequeña tarareaba la melodía, una música tan desesperadamente buscada por calles y patios, por memorias y epopeyas, que ahora me parecía no haberla codiciado y entonado a voluntad. Las notas extraordinarias de lo extraordinario, de mi yo sorprendente e íntegro, de las quimeras de esta cósmica nevada. Y es que

Si un día rompo a cantar,
todo cantará conmigo.

Esta mudez de los campos
se rasgará con mi grito.

Las nubes vagan sin prisa
desnudándome el camino.

¡Qué desolado horizonte
en este mes de los fríos!

Hay un revuelo de escarcha
sobre los jóvenes pinos.

No en vano, Susana March alcanzó mi pensamiento cuando nos paramos en el espacio abierto y constreñido a lo mítico y vulgar, a lo degradado y sublime: a un lado, la empalizada de lanzas de hierro, la roca de la atalaya con sus peldaños arrancados de la piedra y en la que se alza el templo bajo advocación del Espíritu Santo, una hiedra, curiosamente verde, trepaba por el contrafuerte de un ábside oculto, de una promesa arquitectónica indeterminada, luego el grosero muro levantado por la especulación urbanística, hurtado a la libre admiración de propios y extraños, y la otra y empinada escalinata en el acceso al corredor superior de la Muralla. “Esta es la escalera del dolor”, señaló la niña.

Miré la escalera. Miré la niña. Y suspiré. Esos suspiros que llevan en su exhalación una sentencia. Después me miré. Volví a suspirar, pero con mayor contento que incertidumbre, pues asumí mi rol adulto sin que la monotonía ensombreciera el concepto con su insulsa e impasible grisura. Era consciente de mis responsabilidades, de mis obligaciones, de mis compromisos y de mi realidad colectiva, de todo cuanto me hacía ser un hombre maduro al hecho o según marcaran los cánones que fueran; pero ahora, y en aquellos momentos en los que una inidentificable morriña me hacía recuperar una naturaleza existida, y perdida, esta identificación anulaba a aquella; es decir, la que concedía una importancia abismal al diario y, en cambio, menospreciaba los sueños al rayar el alba, la creatividad postrada a la función, al teatro de lo corriente y monocromo. No importaba al adulto, a mí y a quien sea, (piénselo, con consciencia), a los años, a los hábitos, posibilidad ni capacidad de innovar la vida, no la que los demás, por conciliábulo consensuado, instauraban, sino la propia, la exigencia lírica de reinventarse cuando la nostalgia invocaba hacerlo; ya que una vez traspasado su telón, la tramoya, una vez atravesada la puerta de la Muralla, me miraba al espejo con afán de reconocerme y, además, ¡por qué no!, admirarme, asombrarme y hasta reírme de mí mismo. Ser uno con todo, encontrar y completarme con la belleza que está ahí, que nunca se fue, y la única capaz de fundir las naturalezas singulares con lo absoluto, con el universo.

Y en esto, acaso durante esos segundos fui más consciente de ello que en un infinito de esperas, me empeñé con esta saga de postales de invierno y acorde con su extraordinaria nevada, me exigí a recuperar los valores de la infancia, su instrucción, su capricho, a recuperar aquel niño, su ilusión, su imaginación, sus ansias, aquel que quiso y fue feliz. Pero esto ya lo sabía. Y lo escribo. ¿Entonces qué?

Brumoso el ideal, la carne inerte...
En este invierno -macho de la muerte-.

La niña insistió en la escalera, en su mensaje, o en su símbolo, en que la subiera; ella primero, detrás yo, el esfuerzo de su ascensión, dificultosa, sin baranda, sin apoyaderos, encaramada. Sufrimiento. Dolor. Felicidad. La felicidad de la niñez. ¿La felicidad era sufrimiento, era dolor? Sí, y también espontaneidad, inocencia, curiosidad, alegría, honestidad, … Un peldaño, después subí otro… el ascenso que tenía que ser como un juego, como un juego para disfrutar, para olvidar. Un peldaño, a continuación otro…

“¡Hoy esta noche dormirás desnuda
mientras se mueren de hambre los poetas!”

De acuerdo: la felicidad requería del dolor, no era solo este, para reconocerla, o apreciarla, sin ninguna duda. La pequeña se volvió en el último peldaño y sonrió a mi abstracción. “Vas por buen camino”, pareció decirme, “más bien ascenso”, le respondí con un mohín de esfuerzo, sudor, las manos apoyadas en las rodillas cada vez que las piernas, los pies, pisaban el siguiente coto y meta de la subida. La iglesia, claro. Esta iglesia, señalé, en ejemplo de cómo era necesario conocer la oscuridad para entrever la luz, la luz que no se quiere ver, u oír de esos silencios ruidosos, también. Yo, tú, él…, todos estamos acostumbrados y acostumbramos a nuestros hijos, a los amigos, a los demás y cercanos, más cuanto mayor sea la afinidad, o la empatía, a la voluntad del mínimo esfuerzo, a un engañoso y preventivo bienestar que menosprecia cualquier y nimio esfuerzo para asumir, precisamente, su cualidad, la cualidad de la felicidad. Y ahora nos resulta casi imposible responder, actuar, a cómo se hacía para recuperar esa manera básica, cómo se hacía para innovar, para crear los estímulos que permitirían disfrutar de la vida, cómo emprender búsquedas de la Belleza sin esperar nada más que la satisfacción y a cambio el propio encuentro. Comprendernos, no protegernos, del mismo modo tenía que significar superarnos, ir más allá; y tal parecía indicarme, o vaciarse en toda esta serie de postales de invierno, de música de la infancia, y de deseos de disfrutar sin prejuicios y frenos en la nieve, más importante la búsqueda que el final, la consecución del término que fuese. Tanto que la pequeña, para incentivarme más, supuse, me removió de la siguiente manera: ¿Cuál es la diferencia entre ser feliz y estar feliz?

Se cuentan casos extraordinarios
de los que el frío flageló siniestro;

Unas horas atrás, muy convencido estaba, me hubiera resultado improbable responder a la interrogación, responderla con algo que no fuese un mero concepto o insinuación; no obstante, en los instantes de subida penosa por los peldaños congelados, resbaladizos, peligrosos, pude o podía intentarlo. Y me decía que el ente humano, en ser feliz, no se hallaría de manera constante, invariablemente, no estaba en su naturaleza acaparar sensaciones o emociones o pautas anímicas universales o absolutas; es decir: ser feliz era imposible, estar feliz, en cambio, posible y entrañaba la necesidad vital más sincera: a mayores momentos felices mayor será la energía, las fuerzas para afrontar las contrariedades, para subir esta escalinata, para sentir los valores fundamentales de la existencia. La nevisca. Recreo. Los intervalos satisfechos. Allí me encontraba, y con ganas.

“Tú me enseñaste, me enseñas todo cuanto ahora te muestro a ti. Y no es agradecimiento, ni reciprocidad, sino felicidad” Observé la nieve y me pareció, ante estas palabras, ante la inocente presencia de la niña que, una vez terminó de hablar sin voz ni acuerdo, iniciaba la marcha por la pasarela elevada de la muralla, como una arcilla blanca y húmeda, fría, en la que si quisiera podría modelar, ahí mismo, en ese espacio rectangular y reservado, al frente de la puerta metálica y negra atrancada por los siglos de los siglos a los jardines usurpados y privativos, crear un muñeco de nieve, a ella, o a mí en ella, como una alegoría de la educación de mis hijas, de la responsabilidad por inculcar una serie de bienes fundamentales para su vida, para cuando crezcan y tengan que ser, tengan que ser humanos. Valores morales. Incluso, e igual para mí de importante, infundirles la exploración de la fantasía, de lo prodigioso, de la espiritualidad que reclamaba su atención y definición, sin desdén por cuanto se apartara de lo normal y consentido. Y todo porque de adulto somos, (soy), lo que aprendimos de niños. Y yo quise, quiero sembrar en mis hijas el asombro, la admiración, por la Belleza del mundo, por la suya intrínseca. La honestidad hacia los demás, pero en primer lugar hacia ellas mismas. La sinceridad, en todo momento. Solo así estarían alejadas del miedo. Y por esta búsqueda de invierno, yo, aspiraba recuperar los míos propios, los alientos y desgarros que fueron sembrados en mí de pequeño. En especial, con todo lo que definió mi realismo mágico.

con estos casos se hacen hoy los diarios.
¡Tal vez mañana se refiera al nuestro!

Vicente Rosales y Rosales afinaba sus últimas balizas versificadas con mis pensamientos, con mis emociones letradas. Con esa honestidad y sinceridad que consideraba fundamentales de inculcar en los niños para que, con el paso de los años, a raya el envejecimiento cada vez más prematuro, mantuvieran lejana la mentira; y las que les permitan ocultar, u obviar, insisto en su dimensión atroz, los miedos. Detrás de la pequeña, yo marchaba por el corredor superior de la muralla, con precaución, por el piso congelado y deslizante, la huera protección, desmembrada, por un peso inesperado que me provocaba cierto mareo todavía sostenible, cierto vértigo más por la hondura que atravesaba en mis adentros que por la altura del paso. La profundidad, cuando se ve la luz al final del camino, del vacío, el hacer pie en las aguas negras del océano, la pared en un errar a tientas por la noche, las dudas que se deshacen con una iluminación repentina… Solo era confianza, y sentir como los miedos salían de mí, aspaventados, valiente paradoja: primero los de la mente, los más ambiguos, los más cobardes; después los del corazón, los más fieros, los más sádicos. La niñez, o la aventura de ese niño que fui que no conocía la experiencia del miedo, puesto que la curiosidad, la imaginación, desvanecía con su relámpago las sombras, hasta las más impenetrables, menos la muerte. Había recuperado la seguridad, había despojado al reloj, al tiempo, de sus rígidas manecillas.

La seguridad que no era, que no debía conducir a una confianza ciega, a una desprotección incauta, ante el desencanto que surgiría en un momento de debilidad, adolorido y apabullante en los momentos más seguros. La niña, al hilo de mi reflexión, giró la cabeza hacia mí, tras subir los tres peldaños del pasaje que llevaban a otro tramo, y habló sin palabras, con su mirada a penas descubierta desde la enormidad de sus ojos ocultos por el gorro de lana, la que recogía las otras honduras de los mundos atemporales del ensueño: “El hombre de negro está ahí, mirándote, pero sin poder interferir, carcomer tu voluntad libre de estos momentos, agazapado, esperando la primera oportunidad para recomponerse en esos escombros y para devolverte al cosmos plano de las rutinas” Seguí la dirección señalada por la pequeña, a las casas en ruinas que jalonaban el lugar hundido bajo la magnificencia del edificio sagrado, y por primera vez en este lance por unas postales de invierno, me sentí satisfecho de la calamidad, reí de la prisión de cascotes y cenizas desde la que el hombre de negro, maldito, no podía alcanzarme, no podía insuflarme su aguijada insidia. Me reía, me mofaba del protervo personaje, insultaba hasta la memoria reciente de su silueta angustiosa, incómoda… Hasta que la niña, con rictus serio, dijo no ya al hilo de mi reflexión, entonces ofensiva, sino con la aguja de la sabiduría, de la apostura, que perforaba mi seguridad arbitraria: “Me enseñaste el respeto, incluso para quienes no me respetan”

El respeto. Otro respeto. Ya no sonreía, ya no reía, bajé mi cabeza y, ofuscado, removí la nieve con un pie para arrojarla con un impulso al vacío. Era verdad. Para construir, para ser adultos responsables, desde niño había que suscitar la responsabilidad de las acciones, y no importaba que estas fuesen buenas o malas, daba igual, lo importante residía en ese compromiso, en la actitud ante los errores. Y yo, al sentirme seguro, en el mismo instante que me abandonó el miedo, en los preliminares de mi regreso a la infancia, fui desconsiderado al despreciar aquello que de la misma manera era una parte fundamental de mí. La oscuridad. El error. Las sombras. La insensatez. Alcé la cabeza y busqué en el escenario de ruinas, en el que ni la nieve otorgaba de un margen de entusiasmo, de delicadeza. Nada. Mejor. El hombre de negro siempre estaría ahí, allí, acá, allá… no podía bajar mi guardia, ni desfavorecer su poder, acechante, incómodo, aun con su recuerdo; con mantenerme alejado de su autoridad, de su influencia, llegaría a ser más feliz, a estar más feliz, a mitigar los malos momentos, los tedios, los que innegablemente continuarían aportando su cerrazón, la ceguera, en el reverso de la vida, el contrasentido para los que no quieren ver. El respeto. “Está ahí –remarcó la pequeña, dándome la espalda para continuar su marcha- y ahí permanecerá”

Por esta diatriba, no abrí mis oídos a la música de mi niñez, la que canturreaba la niña, la que una salmodia sugerente mecía el ambiente nevado, las piedras, las expectativas, el misterio y las ilusiones. La chiquilla se detuvo junto al segundo de los torreones, una reciente escala de metal ofendía el paso arriba, al espacio semicircular generoso de admiraciones y vahídos. Al llegar a su lado, me señaló con la manita enguatada la celda clausurada por una reja. Unas plantas verdes, amenas, ridículas, alardeaban su prodigio, su primavera, desde el encierro de este invierno mítico. La misma tiniebla sorprendía en contorsiones escalofriantes. “Ahora que ya la tienes –habló sin voz la niña- no la interpretas” “¿Qué?”, acerté a responder, anonadado, todavía, distraído. “La música que te creo y la que desaprendiste con los años” “Esta que cantas” “Esta que todo canta… ¿No oyes?” “Sí” La melodía se extendía por un eco sordo en el interior de la curvada celda, incluso advertía bocas cantarinas en las hojas de las matas, temblonas por la intensidad de los acordes. La música que no se tocaba, no se tañía con nada, con la que solo se sentía. La expresión absoluta de un sentimiento. “¿Qué sientes?”, inquirió la pequeña. Sus ojos, absortos, penetraban en los míos para esclavizarlos con su beldad. ¿Qué sentía?, me decía. Sentía identificación, sentía afinidad, sentía otros sinónimos de pertenencia, de querencia… Sentía amor. “El amor que te hará libre”. El amor.

El amor. Mas un amor blanco. El amor que cuanto más se ama, más crece, como una riada de buenos propósitos, como un alud de promesas cumplidas, de sentirme a gusto mientras reúno los contextos de lo cercano, el entramado de la existencia. Era un amor para olvidar, para perdonar, para alejarme de la miserabilidad, de la envidia, del rencor, de la negación, de los hábitos redundantes, circulares y homogéneos; pero era un amor que trascendía mi individualidad, mi singularidad, para integrarme en la esencia absoluta o acaso del universo. Un amor con el que amaba y me amaba en todo. Amor blanco. El amor inocente. El amor de una infancia sincera, sorprendida y amante de la curiosidad, de la imaginación que construía hasta el más inverosímil escenario donde recrear los sueños. El aliento para disfrutar del día nevado, ese calor, único, con el que no se derretía la escarcha, que la moldeaba en arquetipos fantásticos, en aventuras emocionantes. “Sube arriba, a la torre, y apoya tu emoción en su balaustre –encomendó la niña ya en lo alto-. Cierra los ojos. Y al abrirlos verás al niño que buscas, alguien o quien has sido tú en todo momento”

INVIERNO 35. Las Murallas. Plaza Pons Sorolla-Corralón de la Muralla. Barrio San Francisco. Ronda.


© F.J. Calvente.


domingo, 19 de marzo de 2017

LIBROS QUE VOY LEYENDO: "Patria" de Fernando Aramburu

“- Si sufres, ¿cómo vas a olvidar?”



No me extraña que “Patria” (Tusquets, 2016) de Fernando Aramburu sea una de las sensaciones literarias más importantes del último año. Una lectura recomendable, indispensable, para todos los españoles, vascos o no, nacionalistas o no; la que debería incluirse, dado el “caprichoso”, y bajo, nivel actual, en la lista de lecturas obligatorias en las escuelas, ikastolas también, sobre todo, para conocer y comprender, para no olvidar, la verdad de un tiempo. Narración inolvidable. 648 páginas que saben a poco, y eso que a mí, amante de la prosa elaborada y adjetivada, me cueste admitirlo por su simplicidad narrativa y, justo reconocerlo, adecuada al argumento. Una novela que está más allá de su universo de papel, la que remueve la conciencia, la que se siente, la que te deja tocado y hace pensar. El análisis de una memoria, 40 años del llamémosle “conflicto vasco”, a través de un amplio mosaico vital, desgarrado, deshecho por el fascismo, la sinrazón del terrorismo, el fanatismo independentista y la represión. Una sucesión de personajes ficticios, con una base muy real, sometidos a los extremos existenciales: amor-odio, marginación-inclusión, comprensión-incomprensión, resentimiento, olvido, sufrimiento, decepción… arrastrados por el sinsentido de la violencia, de lo separado, de lo exclusivo y excluyente, cerrado, seres rotos que sobreviven para no olvidar, para encontrar una razón, una lógica, un porqué, con los que recomponer los numerosos trozos en que los convirtió un absurdo político, en la exigencia de la concordia y a través de una sola palabra: perdón.

“Es el tributo que se paga para vivir con tranquilidad en el país de los callados”

“El día en que ETA anuncia el abandono de las armas, Bittori se dirige al cementerio para contarle a la tumba de su marido el Txato, asesinado por los terroristas, que ha decidido volver a la casa donde vivieron. ¿Podrá convivir con quienes la acosaron antes y después del atentado que trastocó su vida y la de su familia? ¿Podrá saber quién fue el encapuchado que un día lluvioso mató a su marido, cuando volvía de su empresa de transportes? Por más que llegue a escondidas, la presencia de Bittori alterará la falsa tranquilidad del pueblo, sobre todo de su vecina Miren, amiga íntima en otro tiempo, y madre de Joxe Mari, un terrorista encarcelado y sospechoso de los peores temores de Bittori. ¿Qué pasó entre esas dos mujeres? ¿Qué ha envenenado la vida de sus hijos y sus maridos tan unidos en el pasado? Con sus desgarros disimulados y sus convicciones inquebrantables, con sus heridas y sus valentías, la historia incandescente de sus vidas antes y después del cráter que fue la muerte del Txato, nos habla de la imposibilidad de olvidar y de la necesidad de perdón en una comunidad rota por el fanatismo político.”

“Su predicción agorera sobre el futuro de Joxe Mari ahora que está en búsqueda y captura: o le explota una bomba mientras la transporta o la manipula, y tenemos funeral con ataúd envuelto en la ikurriña, danza tradicional y el resto del programa folclórico, o lo pillan las fuerzas de seguridad en cualquier momento. Esto último sería lo mejor para todos: para sus víctimas potenciales, que salvarían el pellejo; para sus parientes, porque sabríamos que donde lo van a encerrar no causará daño ni correrá peligro, y para él mismo, que así conocerá la soledad que ayuda a los hombres a volverse serenos y reflexivos”

Literariamente, esta extensa novela no guarda una estructura cronológica lineal, sino emocional, asemejada a la unidad de los cuentos en los que, para crear mayor atención y dinamismo, juega con los tiempos, pasa de tercera persona a segunda, o a primera, y viceversa; juega con los tiempos verbales, de manera genial y atemporal, sin artificios. Un centenar de capítulos cortos y rápidos protagonizados, en tercera persona, por uno de sus personajes, singularizados, en las perspectivas de un caleidoscopio diáfano, honesto; los que retroceden, avanzan, vuelven al pasado, al presente… como si su desarrollo fuese un continuo giro, un continuo movimiento en torno a esos intensos contextos históricos, dramáticos, lo cual permite, reitero, un mayor dinamismo y emoción de los hechos y de sus personajes. Un desorden matizado por sus diferentes aspectos, perfilado con un lenguaje coloquial, con localismos y voces en euskera. Me ha encantado, y asombrado, las interrogantes inesperadas para acentuar o concretar un hecho, sentimiento o descripción; asimismo, las alternativas, no excluyentes, complementarias, las que Aramburu separa con barras y del tipo “presentía/deseaba”, “se indignó/inquietó” … Juegos narrativos que, por su innovación y frescura, son de agradecer.

“-¿Cómo? ¿Tú has tenido ideas políticas? Gorka no puede menos de sonreír. ¡Qué puñetera! Y se defiende: - Cada cinco meses me viene una; pero se me pasa enseguida”

Argumentalmente, esta novela no circunscribe el “conflicto vasco” a los asesinatos y al terror impuestos por la banda terrorista ETA, asimismo a la incomunicación, al ambiente enrarecido y alejado en el que se imbuyó el País Vasco, especialmente en las poblaciones más pequeñas, generando el antagonismo fratricida, el recelo, el enfrentamiento y odio entre vecinos por un fanatismo analfabeto y cruel. Con una concreta semblanza de esos años a través de dos familias, Aramburu traza un perfecto escenario, afectivo y emocionante, entre las dos “aimas” de estas: la mujer de un empresario asesinado al que se le reclamaba el “impuesto revolucionario”, y la madre de un terrorista, en la intriga de una reconciliación de la que no voy a decir nada y por no hacer “espoiler”, y aunque no haya misterio, sino realidad. El retrato de un mundo dividido. Un retrato exhaustivo de detalles, asombrosos, trágicos, tristes: atentados, víctimas y sicarios, familiares de unas y de otros, amenazas, acoso, vacío al que sometía el chantaje ideológico nacionalista, fascista, los escenarios urbanos, erriko tabernas, cárceles, Itxaurrondo, la iglesia farisea pro terrorista, historia, GAL, crímenes reales (Gregorio Ordóñez), amnistía, arrepentimiento…

“- Así me lo dijo. Que no vaya al pueblo para no entorpecer el proceso de paz. Ya lo ves, las víctimas estorban. Nos quieren empujar con la escoba debajo de la alfombra. Que no se nos vea y, si desapareceremos de la vida pública y ellos consiguen sacar a sus presos de la cárcel, pues eso es la paz y todos tan contentos, aquí no ha pasado nada. Dijo que ha llegado el tiempo de que nos
perdonemos los unos a los otros. Y cuando le pregunté a quién tengo yo que pedir perdón, respondió que a nadie, pero que por desgracia yo era parte de un conflicto en el que estaba implicada toda la sociedad, no solo un grupo de ciudadanos, y que no se puede descartar que aquellos que deberían pedirme perdón, a su vez esperen que otros les pidan perdón a ellos. Y como esto es muy difícil, el cura cree que lo mejor es que, ahora que no hay atentados, la situación se calme y que termine la crispación y vayan aminorando con ayuda del tiempo el dolor y los agravios”

Los personajes están muy bien definidos, conocemos cada pormenor de sus vidas, numerosos por la extensión de la novela, lo cual permite al autor elevarlos como perfectos prototipos no ya de las condiciones humanas afectadas por contextos dramáticos, sino de las diferentes sensibilidades de la sociedad vasca mediatizada por tan intensos momentos históricos de violencia, oculta y directa, de silencios, todos. Personajes de los que ignoramos sus apellidos, solo sus nombres, o sus apodos, como el Txato, la víctima, Joxian, el amigo y cobarde, las dos ama de casa, las dos “etxekoandreak”, Miren y Bittori, los cinco hijos, Xavier y Nerea, Gorka, Arantxa, (probablemente uno de los protagonistas más emotivos y conseguidos, no solo por su postración y lucha, por su ictus), y Joxe Mari, el etarra. “Pues que le parecía que, más que enterrar al Txato, lo estaban escondiendo”.

“A los violentos les encantaría que todos participáramos en su juego. Así tendrían pruebas de esa guerra que solo existe en sus cabezas”

Con un estilo peculiar que no ahonda, ni sojuzga, que mantiene una imparcialidad muy difícil pero conseguida, ajena a la política de cualquier signo, centrada en los hechos, en los sucesos, en los comportamientos, en el dolor, la injusticia, la traición, la amistad, el antagonismo de las dos caras de la sociedad vasca en torno a los valores de la unidad familiar en el medio… e invitando a que sean los lectores quienes juzguen, quienes opinen, y tras conseguir lo más arduo: remover su conciencia. Todo en la necesidad, en el mensaje perentorio en pos de la conciliación, del perdón para cerrar las heridas. ¿Se conseguirá? Ahí lo dejo, lean, y luego valoren. Un trozo de vida. Un trozo de historia.

“-ETA debe actuar sin interrupción. No le queda otro remedio. Hace tiempo que ha caído en el automatismo de la actividad ciega. Si no hace daño, no es, no existe, no cumple ninguna función. Este modo mafioso de funcionamiento está por encima de la voluntad de sus integrantes. Ni siquiera sus jefes pueden sustraerse a él. Sí, bien, toman decisiones, pero eso es solo aparente. En ningún caso pueden no tomarlas porque la máquina del terror, una vez que ha cogido velocidad, no se puede detener. ¿Me entiendes? –Nada.”

Una novela imprescindible.


“Nos esforzamos por darle un sentido, una forma, un orden a la vida, y al final la vida hace con una lo que le da la gana”